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Trabajo como planificador de mantenimiento y este puesto valora la constancia, no la presión.

Hombre revisa calendario en oficina con cascos de seguridad y carpeta sobre la mesa.

La primera vez que me di cuenta de que mi trabajo era diferente fue un martes por la mañana, a las 7:42, mirando una pizarra blanca llena de pequeñas pegatinas de colores. Operaciones ya estaba en plena ebullición, las radios crepitando, las carretillas elevadoras zumbando a lo lejos. Una bomba había fallado durante la noche. Producción estaba molesta. La gente hablaba más rápido, más alto, presionando por arreglos “ya, ahora mismo”.

Y allí estaba yo, con el café templándose, moviendo tareas en silencio en mi pantalla, reordenando la semana, llamando a un contratista, comprobando repuestos, reescribiendo una orden de trabajo. Ni una voz elevada. Ni un subidón de adrenalina. Solo ajustes pacientes, casi aburridos.

Ahí fue cuando me cayó la ficha: este trabajo no recompensa al bombero. Recompensa al metrónomo.

La planificación del mantenimiento es una carrera de fondo, no un sprint

La mayoría de la gente cree que el mantenimiento va de emergencias y reparaciones heroicas. Correr con una caja de herramientas, con las manos llenas de aceite, arreglando algo segundos antes de que se pare una línea. Esa es la versión de película.

El día a día de un planificador de mantenimiento es casi lo contrario. Mis “herramientas” son pantallas del GMAO/CMMS, archivos de Excel, manuales viejos y un teléfono. Paso más tiempo diciendo: “Dejémoslo programado para el jueves que viene” que “¡Corre, que se está rompiendo ahora!”. La presión está por todas partes a tu alrededor, pero tu trabajo es ir más despacio y pensar más lejos.

Te pagan por no entrar en pánico.

El invierno pasado teníamos un transportador que fallaba cada tres semanas. El mismo rodamiento. El mismo punto. Cada vez que se rompía, producción gritaba más fuerte y, cada vez, los técnicos corrían, lo arreglaban y volvían al siguiente incendio. Todo el mundo sentía que estaba trabajando duro. La planta seguía perdiendo horas.

Me puse a revisar el historial: misma causa raíz, mal acceso para la lubricación y un rodamiento barato que nadie tenía tiempo de sustituir como es debido. Bloqueé dos días completos en el programa, negocié con operaciones, pedí piezas mejores y coordiné andamios y un proveedor. La semana anterior, la gente aún preguntaba: “¿De verdad necesitamos todo esto?”.

No hemos tenido un fallo ahí en ocho meses.

Esa es la matemática de este trabajo. Una intervención bien preparada, aburrida y sin drama vence a diez averías caóticas. No es glamuroso. Nadie aplaude en la sala de control. Pero los números cambian en silencio.

La planificación del mantenimiento compensa de formas ocultas: menos llamadas de horas extra, menos piezas que faltan, menos sorpresas un sábado por la mañana. Cambias presión ahora por estabilidad después.

Si a tu alrededor todo se siente calmado, normalmente es porque, en algún sitio, alguien dedicó tiempo a planificar los detalles menos atractivos.

La constancia es una habilidad, no un rasgo de personalidad

A veces la gente me dice: “Es que tú eres organizado por naturaleza”. Me río. Yo era de los que apuntaban tareas en pósits y luego los perdían debajo del teclado. La constancia no es magia. Son hábitos, repetidos hasta que resultan aburridos.

Uno de mis pequeños rituales innegociables: cada tarde, los últimos 30 minutos, reviso la programación de mañana. Sin reuniones. Sin llamadas. Solo yo, las órdenes de trabajo y la realidad. Compruebo disponibilidad de mano de obra, material, permisos y accesos. Señalo conflictos antes de que se conviertan en drama. Ajusto duraciones si he sido demasiado optimista.

Esa media hora me ahorra horas de pánico al día siguiente.

El mayor error que veo en nuevos planificadores es dejar que la urgencia de otros borre su propia rutina. Entra un jefe de producción con cara seria y, de repente, se derrite todo tu día. Dejas la revisión del backlog, dejas de preparar la parada de la semana que viene y persigues el fuego de hoy. Te sientes “útil” en el momento.

Luego llega la semana siguiente y no hay nada listo. No hay planos impresos. No se han revisado repuestos. No se han identificado riesgos. Ahí es cuando pagas el precio real. Y nadie recuerda que ya sacrificaste el martes pasado para “ayudar”.

Todos hemos estado ahí: ese momento en el que te das cuenta de que has pasado una semana entera reaccionando y casi nada ha avanzado de verdad.

Seamos honestos: nadie hace esto absolutamente todos los días. La vida se mete por medio, surgen emergencias, aparecen jefes en tu mesa. Aun así, los planificadores que ganan a largo plazo protegen unos pocos hábitos básicos como si su trabajo dependiera de ello.

“Tu valor como planificador no es lo fuerte que gritas cuando algo se rompe. Es lo a menudo que las cosas, en silencio, no se rompen gracias a un trabajo que nadie vio.”

  • Establece un bloque fijo de planificación al día y defiéndelo.
  • Revisa la programación de la semana siguiente el mismo día, todas las semanas.
  • Confirma siempre piezas y permisos 24 horas antes del trabajo planificado.
  • Di más a menudo: “Hoy no, pero puedo encajarlo el jueves a las 10”.
  • Escribe planes de trabajo cortos y claros para que los técnicos no tengan que improvisar en campo.

La presión real es invisible, y de eso se trata

La parte más extraña de este trabajo es aprender a vivir con el éxito invisible. Cuando planificas bien, no pasa nada espectacular. La línea simplemente funciona. Los técnicos llegan, hacen su trabajo y se van a casa a su hora. Nadie ve las horas que has invertido en evitar el caos.

Hay días en los que incluso puedes sentirte inútil. Te sientas a actualizar KPIs, a limpiar el backlog, a aclarar alcances de trabajo, y parece que a nadie le importa. Luego dejas de planificar una semana y, de repente, a todo el mundo le importa. La planta lo nota. Las averías vuelven poco a poco. Crecen las horas extra.

Ahí es cuando te das cuenta: la constancia lo estaba sosteniendo todo.

Punto clave Detalle Valor para el lector
A los planificadores se les paga por anticiparse La mayor parte del trabajo sucede antes de que el técnico toque la máquina Te ayuda a centrarte en la preparación, no en el heroísmo
Las rutinas vencen a la velocidad bruta Los hábitos de planificación diarios y semanales reducen emergencias Te da palancas concretas para bajar el estrés
Las victorias invisibles siguen siendo victorias Menos averías significa que tu planificación funciona aunque nadie lo note Te anima a ser constante cuando el reconocimiento es raro

FAQ

  • Pregunta 1 ¿De verdad la planificación del mantenimiento es menos estresante que ser técnico?
    Es un tipo de estrés distinto. Menos “subidón” físico y más carga mental. Cambias el pánico de “arréglalo ya” por la presión silenciosa de prevenir problemas antes de que aparezcan.
  • Pregunta 2 ¿Tengo que ser súper organizado para ser planificador de mantenimiento?
    No. Necesitas estar dispuesto a construir rutinas sencillas y mantenerlas la mayor parte del tiempo. Las herramientas y las listas de verificación pueden compensar la desorganización natural.
  • Pregunta 3 ¿Cómo es un día típico de un planificador de mantenimiento?
    Revisar órdenes de trabajo, planificar trabajos futuros, coordinarse con producción, comprobar repuestos, actualizar el programa y hacer seguimiento de tareas completadas. Mucha conversación, mucho teclado, poco correr.
  • Pregunta 4 ¿Cómo puedo demostrar mi valor como planificador si nadie ve lo que hago?
    Registra y comparte números: menos averías, más trabajo planificado, menos horas extra, mayor cumplimiento de programa. Deja que los datos cuenten la historia de tu constancia.
  • Pregunta 5 ¿Puede un técnico pasar a un puesto de planificador con facilidad?
    Sí; los técnicos suelen ser buenos planificadores porque entienden el trabajo real en planta. El cambio consiste sobre todo en aprender a alejarse de las herramientas y pensar en semanas, no en minutos.

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