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Si te incomoda que nada cambie, la psicología explica que necesitas estimulación.

Mujer sentada en el suelo, tomando café y usando un móvil, con un libro, reloj y planta cerca.

Estás sentado en el sofá. Netflix te pregunta si sigues viendo la serie. El móvil está al 100%, tu lista de tareas está extrañamente vacía y no pasa nada urgente. Desde fuera, esto debería sentirse como paz. Por dentro, se siente como un picor que no puedes rascarte. Te empieza a rebotar la pierna, el pulgar va hacia Instagram casi por su cuenta, y aparece un pensamiento silencioso: «Debería estar haciendo algo. Lo que sea».

La habitación está tranquila, pero tu cerebro está zumbando.

Al poco has abierto tres apps, has leído a medias un artículo y has revisado el correo dos veces. No estás disfrutando de nada en realidad. Solo intentas calmar esa inquietud rara que aparece cada vez que la vida deja de moverse.

Esa inquietud tiene nombre.

Cuando la calma se siente como una amenaza en vez de como un regalo

A algunas personas les da alivio cuando se cancelan planes y de repente se abre la tarde. A otras se les cae el estómago. El silencio se vuelve ensordecedor, los minutos se estiran y se cuela un pánico suave. Si nada cambia, algo dentro empieza a vibrar.

Los psicólogos hablan de «necesidad de estimulación» o «búsqueda de sensaciones» para describir esto. El cerebro quiere movimiento, novedad, pequeños subidones de «algo nuevo» que masticar. Sin ese combustible, no es que se quede en silencio. Se queja.

Esa incomodidad no es que estés exagerando. Es tu sistema nervioso pidiendo otro tipo de clima.

Piensa en Lea, 32 años, que jura que es «alérgica a la rutina». Cuando el trabajo se calma, abre tres proyectos paralelos. Cuando termina una serie, ya está buscando la siguiente durante el último episodio. Las tardes de domingo son lo peor. Sin planes, sin ruido, solo el sonido de sus propios pensamientos. En cuestión de minutos está recolocando estanterías, escribiendo a amigos o planeando un viaje que quizá nunca reserve.

No se siente «aburrida». Se siente en tensión, como si algo fuese mal. Cuando el ritmo de la vida baja, su cerebro sube el volumen. Eso es un cableado clásico de alta estimulación. Los estudios sobre buscadores de sensaciones muestran patrones parecidos: se inquietan rápido en entornos con poco estímulo y se sienten más «ellos mismos» cuando las cosas son ligeramente intensas.

Lea le dijo una vez a su terapeuta: «Descansar no me relaja. Me da miedo».

La psicología vincula esta inquietud a una mezcla de biología y biografía. En lo biológico, algunos cerebros simplemente necesitan más entrada. Su sistema de dopamina reacciona con más fuerza a la novedad y al reto, y menos a la repetición. El nivel basal de activación es distinto, lo que significa que la vida «normal» puede sentirse extrañamente plana.

En lo biográfico, si creciste en el caos, el cambio constante puede haberse convertido en tu versión de lo normal. La calma puede parecer sospechosa, como el silencio justo antes de que pase algo malo. El cuerpo recuerda el patrón aunque tu vida adulta parezca segura. Puede que tu sistema esté configurado para escanear la próxima ola, no para flotar en paz sobre el agua quieta.

Así que cuando nada cambia, tu mente no solo se relaja. Empieza a buscar problemas, o al menos estimulación.

Aprender a alimentar la necesidad… sin quemarte

No tienes que convertirte en un monje al que le encanta mirar una pared. Ese no es el objetivo. El objetivo es trabajar con tu necesidad de estimulación en vez de dejar que conduzca tu vida como un GPS hiperactivo.

Un lugar sencillo por el que empezar es planificar a propósito «buena estimulación». Eso puede significar microretos en momentos tranquilos: una app de idiomas de 10 minutos, aprender una receta nueva, un paseo rápido con un pódcast que de verdad te guste. Le das a tu cerebro algo a lo que hincarle el diente, pero eliges tú el sabor.

Cuando sabes que viene una tarde lenta, trátala como una lista de reproducción: un capítulo de un libro, una llamada a un amigo, 20 minutos aprendiendo algo y después descanso de verdad. De pronto la quietud se siente estructurada, no amenazante.

Una trampa común es confundir estimulación con autosabotaje. Buscas broncas, montas drama, haces doomscrolling o te pones a trabajar a medianoche solo para sentir un subidón. Por fuera, la vida parece emocionante. Por dentro, estás agotado y preguntándote por qué cada semana se convierte en un pequeño huracán.

No hay nada malo en necesitar más «chispa» que otras personas. El roce aparece cuando esa chispa te quema los límites. Ahí es cuando la gente dice cosas como «Me aburro en esta relación» o «Este trabajo es demasiado estable», cuando en realidad quiere decir: «Mi sistema nervioso echa de menos la novedad».

Seamos sinceros: nadie consigue hacer esto perfecto todos los días. Pero puedes empezar a detectar el momento en el que estás a punto de crear caos solo para sentirte vivo, y hacerte una pregunta más amable: «¿Hay otra forma de despertar mi cerebro ahora mismo?»

A veces, lo más valiente que puede hacer un cerebro de alta estimulación es quedarse en la habitación cuando no está pasando nada y darse cuenta de que no pasa nada malo.

  • Crea un «menú de calma»
    Enumera 5–7 actividades de bajo esfuerzo que te tranquilicen pero que sigan aportando una estimulación ligera: estiramientos, dibujar, un canal de YouTube favorito, regar plantas, llamadas fáciles. Cuando aparezca la inquietud, elige del menú en vez de irte por defecto al caos.
  • Experimenta con «miniaburrimiento»
    Pon un temporizador de 3–5 minutos y no hagas… nada. Solo observa cómo reacciona tu cuerpo. Sin arreglar, sin juzgar. Esto no es meditación perfecta; es terapia de exposición para tu sistema nervioso.
  • Programa tu dopamina
    Coloca tus dosis más intensas -entrenamientos, planes sociales, tareas de concentración profunda- en los momentos del día en los que sueles entrar en espiral de inquietud. No estás luchando contra tu cableado; le estás dando una salida más segura.
  • Vigila la estimulación con bandera roja
    Pregúntate: «¿Esto me da energía o me deja drenado?» Las conversaciones de alto conflicto, el scroll nocturno y las compras impulsivas suelen hacerse pasar por alivio. Solo son entretenimiento caro para un cerebro sobreactivado.
  • Habla de ello en voz alta
    Decirle a tu pareja o a tus amigos «funciono mejor con un poco de novedad» puede reducir la vergüenza. Luego podéis co-diseñar rutinas con flexibilidad y sorpresa, en lugar de sentirte en secreto “roto” por su amor a lo predecible.

Reescribir tu relación con el cambio y la quietud

Cuando entiendes que tu incomodidad en los momentos tranquilos no es un defecto personal, todo el paisaje cambia. Dejas de preguntarte: «¿Qué me pasa?» y empiezas a preguntarte: «¿Qué necesita mi cerebro, y qué necesito yo como ser humano que también necesita descanso, seguridad y profundidad?».

Esa pregunta abre espacio. Espacio para notar que la estimulación constante puede tapar cosas: duelo que no has procesado, decisiones que estás evitando, cansancio que te niegas a nombrar. Espacio para ver que algunas de las partes más significativas de la vida -amistades a largo plazo, oficio, amor, incluso respeto propio- crecen en las temporadas lentas, no solo en los picos altos.

No tienes que adorar la rutina, y no tienes que desterrar tu amor por el cambio. Puedes ser la persona que florece con proyectos nuevos y aun así aprende a atravesar un domingo tranquilo sin salir despedido del planeta. Puede que la inquietud no desaparezca del todo. Pero con el tiempo puede pasar de sirena a señal: un recordatorio para elegir con cuidado tu próxima dosis de estimulación, en vez de dejar que ella te elija a ti.

Punto clave Detalle Valor para el lector
La biología influye Algunos cerebros tienen mayor necesidad de novedad y activación, vinculada a la sensibilidad a la dopamina y al temperamento. Reduce la culpa y el autorreproche al enmarcar la inquietud como cableado, no como un defecto de carácter.
La calma puede sentirse insegura El caos o la inestabilidad pasados pueden hacer que la quietud se perciba como una amenaza, no como una recompensa. Ayuda a conectar la historia personal con las reacciones presentes y a responder con más compasión.
Canaliza la estimulación de forma consciente Usar «buena» estimulación, ejercicios de miniaburrimiento y novedad programada convierte la inquietud en una herramienta. Ofrece formas concretas de sentirse vivo sin quemarse ni crear drama innecesario.

FAQ:

  • ¿Por qué me siento ansioso cuando no está pasando nada?
    Esta mezcla de ansiedad y aburrimiento suele venir de una alta necesidad de estimulación. Tu cerebro está acostumbrado a tener algo que procesar. Cuando se apaga el ruido, interpreta el silencio como un problema y reacciona con inquietud.
  • ¿Tener una alta necesidad de estimulación es lo mismo que el TDAH?
    No necesariamente. El TDAH incluye dificultades de atención, impulsividad y funciones ejecutivas. Un fuerte anhelo de novedad puede formar parte del TDAH, pero también puede aparecer por sí solo. Solo un profesional cualificado puede aclarar la diferencia.
  • ¿Puedo “entrenarme” para disfrutar más de la calma?
    Sí, poco a poco. Exposiciones cortas a momentos de quietud, combinadas con rituales reconfortantes, ayudan a que tu sistema nervioso aprenda que la quietud es segura. No tienes que amar el silencio; solo tolerarlo sin pánico.
  • ¿Perseguir siempre la estimulación perjudica a las relaciones?
    Puede, sobre todo si generas conflicto, saboteas situaciones estables o empujas constantemente hacia la intensidad. Nombrar tu necesidad y construir rutinas compartidas con bolsillos de novedad protege tanto el vínculo como tu cableado.
  • ¿Cuándo debería buscar ayuda profesional por esto?
    Si tu inquietud te lleva a conductas de riesgo, adicción, insomnio crónico o una sensación constante de vacío, hablar con un terapeuta puede ayudar. Pueden valorar factores subyacentes como ansiedad, trauma o TDAH y trabajar contigo salidas más saludables.

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