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Quienes se sienten sobreestimulados en entornos tranquilos suelen esperar estimulación o acción.

Mujer joven en casa, con un fidget spinner azul, al lado de libro abierto, auriculares y taza en la mesa.

La primera vez que me di cuenta, estaba en un spa. Música suave de flauta de pan, luz cálida y tenue, gente susurrando como si estuviéramos en una biblioteca de nubes. A mi alrededor, todo el mundo parecía derretirse dentro de sus albornoces. Mi cuerpo hizo lo contrario. La pierna empezó a botar, el pecho se me cerró, los pensamientos se pusieron a esprintar. No paraba de esperar que pasara algo: una notificación, un aviso, una alarma de incendios. No llegó nada. La calma me presionaba los oídos como algodón.

En la superficie, yo parecía relajado/a. Por dentro, quería ponerme a hacer series en el aparcamiento.

Ahí fue cuando me di cuenta: algunos no nos sentimos seguros en la calma. Esperamos activación.

Cuando el silencio se siente más fuerte que el ruido

Hay un tipo de persona que entra en una habitación silenciosa y, al instante, se pone a escanear buscando algo que hacer. El silencio no le alivia; le inquieta. Su cerebro empieza a preguntar: «¿Qué pasa? ¿Qué viene? ¿Qué me estoy perdiendo?».

Para esa gente, el rumor del tráfico, el zumbido de un grupo de chat, el ping constante de los correos no es solo ruido de fondo. Es la banda sonora de su sistema nervioso. Cuando baja el volumen, sube la ansiedad. La calma parece amable desde fuera. Por dentro, puede sentirse como estar solo/a en un escenario oscuro, esperando a que te apunte un foco.

Piensa en Ana, 29 años, que trabaja en remoto. Se compró una minicasa en el campo, convencida de que el aire fresco y el silencio le curarían el burnout. La primera semana hizo fotos de atardeceres y las publicó con textos largos sobre «bajar el ritmo».

Para la tercera semana, conducía 40 minutos solo para trabajar desde una cafetería concurrida. En casa, la quietud se le pegaba como plástico: sin tráfico, sin pasos en el pasillo, sin un compañero riéndose a dos mesas de distancia. Empezó a fabricarse su propio ruido: la tele siempre encendida, el móvil nunca en silencio, pódcasts incluso en la ducha. La calma no la reparaba. Le hacía sentir que había algo malo en ella.

Para muchos sistemas nerviosos, la actividad constante se convierte en la línea base. Sobre todo si creciste en un hogar caótico, en una ciudad ruidosa o en un trabajo donde las crisis eran lo normal. El cuerpo aprende que estar «a tope» es normal, incluso seguro. Así que cuando el mundo por fin se calma, no lo registra como descanso. Lo registra como amenaza o como vacío.

El cerebro busca sus datos habituales: alertas, velocidad, exigencias. Cuando no los encuentra, crea su propia activación mediante preocupación, rumiación o inquietud. La calma se convierte en una pantalla en blanco, y la mente corre a llenarla.

Aprender a satisfacer la necesidad de activación de otra manera

Un movimiento sorprendentemente eficaz es darle al cerebro una tarea suave dentro de la calma, en lugar de forzarte a una inmovilidad total. Si el silencio te dispara, añade una actividad baja y rítmica: tejer, garabatear, caminar despacio mientras escuchas una misma canción en bucle.

No estás «fracasando al relajarte» cuando haces esto. Estás hablando el idioma de tu sistema nervioso. Piénsalo como ofrecerle a tu cuerpo una barandilla mientras explora espacios más silenciosos. Con el tiempo, un entorno tranquilo con una activación suave y predecible le enseña a tu cerebro que no pasa nada malo cuando baja el volumen.

Una trampa común es oscilar entre extremos: días hiperestimulantes seguidos de «fines de semana de desintoxicación digital» que se sienten como un castigo. Tu cuerpo no entiende por qué pasa de 120 notificaciones a la hora a canto de pájaros y cero voces humanas. Ese salto es brutal.

Empieza mejor con microdosis de espacios más tranquilos. Cinco minutos en el balcón con el móvil en otra habitación. Una ducha lenta sin pódcast. Un paseo corto sin mirar mensajes. No tienes que convertirte en la persona que medita 40 minutos al amanecer. Seamos sinceros: nadie hace esto todos y cada uno de los días.

A veces, lo que parece «odio la calma» en realidad es «nadie le enseñó a mi cuerpo cómo se siente una calma segura».

  • Usa anclajes sensoriales: una taza caliente entre las manos, una manta con peso, una lista suave que se repite. Una sensación familiar puede sostenerte en un espacio más silencioso.
  • Planifica salidas pequeñas: dite: «Me siento aquí cuatro minutos y luego me levanto». Tener un final claro tranquiliza la parte de ti que teme una quietud interminable.
  • Ponle nombre a la sensación: di en voz baja: «Ahora mismo mi cuerpo está esperando activación». Esa frase simple te mueve de estar dentro de la tormenta a observarla desde la orilla.

Hacer las paces con un cerebro que necesita más «encendido»

Hay una vergüenza escondida que a menudo acompaña a este tipo de sistema nervioso. Ves a gente encendiendo velas, publicando sobre «domingos lentos», presumiendo de desconectar, y piensas: ¿por qué esto a mí me suena a pesadilla? Empiezas a etiquetarte como roto/a, adicto/a, débil.

¿Y si tu cerebro no estuviera roto en absoluto, sino afinado en otra frecuencia? Hay personas que de verdad funcionan mejor con una activación basal más alta: trabajos creativos, conversaciones rápidas, paisajes sonoros de ciudad. El problema no es tu necesidad de activación. El problema es la falta de consentimiento y de elección en cómo la obtienes.

En vez de obligarte a entornos que gritan «relájate o si no», prueba a diseñar una calma que respete tu cableado: una habitación silenciosa con vistas a una calle concurrida; un banco en un parque cerca de un área de juegos; música lo-fi mientras escribes en tu diario. Así, el mundo de fuera sigue moviéndose, aunque tú bajes un poco tu propio ritmo.

Tu versión de la calma no tiene por qué parecerse a un folleto de retiro. Solo tiene que ser lo bastante amable como para que los hombros te bajen medio centímetro y la mandíbula se afloje un poquito. Eso ya es algo.

También puedes experimentar con «activación controlada» antes de entrar en un espacio tranquilo: un paseo rápido de cinco minutos, unas cuantas sentadillas con salto, bailar una canción fuerte en la cocina. Esto prepara tu sistema nervioso para que la bajada a un terreno más quieto no se sienta como un desplome.

No todo descanso es quietud. Para algunas personas, descansar es moverse con menos exigencia: reorganizar un cajón, regar plantas, doblar la ropa despacio. El cuerpo sigue implicado; el cerebro da un paso atrás. Eso cuenta. Eso cura. El objetivo no es matar tu necesidad de activación. El objetivo es dejar de permitir que dirija tu vida en secreto.

Punto clave Detalle Valor para el/la lector/a
Observa tu línea base Reconoce si la actividad constante se siente «normal» y la calma se siente tensa o insegura Pone palabras a tus reacciones y reduce la vergüenza
Redefine la calma Permite movimiento suave, ruido tenue y pequeñas tareas dentro de momentos silenciosos Hace que el descanso sea realista y alcanzable para sistemas nerviosos activos
Usa microdosis Practica porciones cortas y predecibles de tiempo más tranquilo en lugar de desintoxicaciones drásticas Entrena el cuerpo poco a poco, sin agobio ni rebeldía

Preguntas frecuentes

  • Pregunta 1 ¿Por qué me siento más ansioso/a por la noche cuando por fin todo está en silencio?
  • Pregunta 2 ¿Esto es lo mismo que el TDAH, o es otra cosa?
  • Pregunta 3 ¿Cómo puedo descansar si la inmovilidad total me pone de los nervios?
  • Pregunta 4 ¿Qué puedo hacer en situaciones sociales donde la calma se siente incómoda, como retiros de meditación o cenas en silencio?
  • Pregunta 5 ¿Cuándo debería hablar con un profesional sobre mi reacción a los entornos tranquilos?

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