Saltar al contenido

La reforma del carné de conducir permite a los conductores mayores seguir al volante más tiempo, preocupando a los expertos y generando inquietud en el país.

Doctora consulta a hombre mayor dentro de un coche estacionado.

En una gris mañana de martes en un tranquilo barrio residencial, Margaret, de 82 años, sacó su utilitario plateado del garaje con la misma naturalidad con la que lo había hecho durante cuarenta años. Le temblaban un poco las manos en el volante, no por el tráfico, sino por la carta que llevaba en el asiento del copiloto. Un sobre oficial, cortés, anunciando que las nuevas normas del permiso de conducir significaban que podría seguir en la carretera más tiempo. Ninguna revisión médica este año. Ninguna prueba de vista todavía. Ninguna conversación incómoda sobre tener que entregar las llaves.

En el mismo cruce, un adolescente en patinete eléctrico dudó, observando cómo ella avanzaba despacio, se detenía y luego daba otro tirón. Una furgoneta de reparto pitó. En algún punto entre el alivio de los conductores mayores y el miedo de todos los que les rodean, un país entero contiene la respiración.

La ley ha cambiado. La carretera, no.

Cuando la «libertad de conducir» choca con el miedo en la carretera

La reforma suena amable sobre el papel: ampliar la vigencia del permiso para conductores de edad avanzada, reducir las pruebas, mantener a la gente móvil e independiente durante más tiempo. ¿Quién podría discutir que se ayude a los abuelos a visitar a la familia o ir al médico sin tener que pedir que les lleven? Los políticos lo presentan como compasión envuelta en burocracia, una forma de respetar la edad en lugar de castigarla.

Sin embargo, sobre el asfalto la historia se siente distinta. Las familias susurran sobre sustos. Conductores jóvenes confiesan que levantan el pie cuando ven el intermitente tembloroso de un sedán antiguo. La reforma ha dividido salones, grupos de WhatsApp y tertulias en todo el país.

Unos ven dignidad. Otros, peligro.

Pregunte a los agentes de tráfico y se lo dirán en voz baja: la carretera se nota más envejecida. Más conductores entrecerrando los ojos ante las señales, dudando en las rotondas, reaccionando medio segundo tarde. Ese medio segundo es el espacio entre un susto y una tragedia. En algunas regiones, los datos policiales muestran un aumento paulatino de colisiones en las que participan conductores mayores de 75, sobre todo en cruces y al girar atravesando el flujo de tráfico. Nada lo bastante espectacular como para dominar titulares a diario, pero sí lo suficiente como para quitar el sueño a los expertos en seguridad vial.

Todos hemos vivido ese momento: te quedas detrás de un coche que va zigzagueando entre carriles a 40 en una zona de 60 y, cuando por fin adelantas, solo alcanzas a ver un perfil frágil, pelo blanco, las dos manos aferradas al volante como a un salvavidas. Te sientes culpable por haberte irritado. Y entonces te acuerdas de tus propios padres.

Lo que más escuece a los especialistas es el momento en que llega la reforma. Los coches son más rápidos, las carreteras están más llenas, hay distracciones por todas partes. Y, sin embargo, el Estado ha decidido relajar los controles justo cuando los reflejos, la vista y la agudeza cognitiva empiezan a disminuir de forma natural. La línea oficial se apoya en promedios: muchos conductores mayores son prudentes, responsables, menos agresivos que los jóvenes. Es cierto.

Pero el riesgo en carretera no va solo de cortesía o experiencia. Va de lo rápido que un cerebro procesa que un niño irrumpa corriendo en la calzada. Va de cómo un cuello rígido limita mirar por encima del hombro al incorporarse en autopista. Va de medicación, de demencia incipiente, de un glaucoma silencioso. No se puede negociar con la física cuando una tonelada de metal se mueve a 90 km/h.

Los expertos en seguridad ven una ecuación simple. Los políticos han elegido una más complicada.

Cómo familias, médicos y conductores están reescribiendo las normas en silencio

Más allá de los titulares, las familias ya están inventando sus propias estrategias de supervivencia. Una hija con la que hablé ha dibujado un círculo invisible alrededor del mundo de su padre: «Papá solo conduce de día, nada de autopistas, nada de centro urbano, y nunca cuando llueve fuerte». No esperó a una ley. Se sentó con él, mapa sobre la mesa, y acordaron un territorio nuevo, más pequeño, de libertad.

Otros familiares hacen algo parecido con las llaves del coche. No se las arrebatan en un gesto dramático. Poco a poco asumen los trayectos difíciles: salidas nocturnas, citas hospitalarias por circunvalaciones, vacaciones largas. El conductor mayor se queda con rutas cortas y conocidas. El golpe psicológico es más suave. El riesgo baja un escalón.

No es perfecto. Pero es algo.

Lo más duro es la conversación que nadie quiere tener. La mayoría la esquivamos hasta que un casi accidente obliga a afrontarla. El retrovisor del vecino rozado. Un arañazo «que salió de la nada» en la pared del garaje. Un desvío confuso que convirtió un trayecto de 15 minutos en una hora. Seamos sinceros: nadie hace esto día tras día con constancia. Lo aplazamos, esperando que el problema se resuelva solo.

Los médicos están justo en medio del fuego cruzado. Ven los temblores, el habla más lenta, la lista de medicamentos. También ven la soledad que llega el día en que el permiso desaparece. Algunos intentan empujar con suavidad: recomendando revisiones de la vista, sugiriendo trayectos más cortos, planteando con tacto preocupaciones sobre ciertos fármacos y el tiempo de reacción. Otros confiesan que ahora se sienten sin herramientas, porque el marco legal se ha relajado. La reforma les entrega responsabilidad moral sin instrumentos claros.

Los expertos en seguridad, que rara vez se emocionan en público, de pronto suenan casi desesperados. Un veterano investigador de siniestros me dijo:

«Cada vez que retrasamos controles y volcamos la responsabilidad sobre las familias, sabemos lo que pasará. No explota en un gran escándalo. Se filtra en las estadísticas, mes tras mes. Unos cuantos impactos laterales más en cruces. Unos cuantos peatones más atropellados a baja velocidad. Caras, no números.»

No está pidiendo una prohibición masiva para los conductores mayores. Está pidiendo estructura. Pruebas periódicas de vista y cognitivas a partir de cierta edad. Permisos adaptados que limiten la conducción nocturna o las vías de alta velocidad. Taxis más baratos o lanzaderas comunitarias para sustituir desplazamientos esenciales.

  • Permisos adaptados a la edad: limitar la conducción a horas de luz, vías locales o bajas velocidades cuando se superen ciertos umbrales de salud.
  • Revisiones de salud obligatorias: pruebas sencillas y periódicas de visión, tiempo de reacción y función cognitiva, realizadas por profesionales neutrales.
  • Opciones de transporte alternativas: servicios de transporte subvencionados, microbuses bajo demanda y aceras más seguras para quienes dejen el volante.
  • Herramientas de apoyo para familias: guías y líneas de ayuda para abordar la conversación del «ha llegado el momento de dejar de conducir» sin crisis.
  • Mejor diseño viario: señalización más clara, fases verdes más largas en los pasos, cruces más seguros en zonas con población envejecida.

Un país entre la empatía y la rabia, mirando por el retrovisor

Esta reforma toca una fibra sensible porque aprieta dos grandes miedos en el mismo espacio estrecho. El miedo a perder independencia con la edad. El miedo a que te atropelle alguien que ya no debería conducir. En redes sociales, el choque es brutal: vídeos de aparcamientos caóticos se viralizan, los comentarios destilan edadismo, y otros responden con historias desgarradoras de abuelos aislados en casa después de que les retiraran el permiso.

Algunos países observan en silencio este experimento. Si las cifras de siniestralidad no se disparan, les tentará imitarlo. Si lo hacen, los mismos líderes que prometieron «libertad» culparán a la «responsabilidad individual» y recularán. Entre esos dos escenarios se extiende nuestra vida cotidiana compartida: llevar a los niños al colegio, ir al súper, visitas de domingo, todo cosido por carreteras que tenemos que recorrer juntos.

La verdadera pregunta no es si las personas mayores deberían conducir o no. La verdadera pregunta es cómo, como sociedad, compartimos riesgo, compasión y soluciones concretas en lugar de limitarnos a intercambiar indignación. La próxima vez que adelantes a un coche muy lento conducido por alguien visiblemente mayor de 80, quizá notes cómo sube la irritación y luego se disuelve en otro pensamiento. Algún día, si tenemos la suerte de vivir tanto, ese conductor seremos nosotros.

Punto clave Detalle Valor para el lector
La reforma del permiso amplía la edad de conducción Controles más laxos y renovaciones más largas permiten a conductores mayores seguir al volante más años Te ayuda a entender por qué ves a más conductores muy mayores en la carretera
Compensaciones de seguridad ocultas Los expertos advierten de reacciones más lentas, problemas de visión y un aumento de choques en cruces Da contexto a tu propia sensación de inquietud en el tráfico y con familiares mayores
Estrategias familiares prácticas Conducir solo de día, rutas más cortas, viajes compartidos y conversaciones sinceras Ofrece maneras concretas de proteger a tus seres queridos sin arrebatarles su dignidad

FAQ:

  • Pregunta 1: ¿De repente todos los conductores mayores son más peligrosos por esta reforma?
    No. Muchos conductores de edad avanzada siguen siendo prudentes, lúcidos y seguros. La preocupación es estadística: a medida que aumenta la edad, también lo hacen ciertos riesgos, como tiempos de reacción más lentos y peor visión. La reforma desplaza el punto en el que se traza esa línea, de modo que una minoría de conductores vulnerables puede permanecer en la carretera más tiempo del aconsejable.

  • Pregunta 2: ¿Qué señales sugieren que un familiar mayor debería replantearse conducir?
    Fíjate en pequeños golpes frecuentes, nuevos arañazos en el coche, perderse en rutas conocidas, confusión en cruces, saltarse semáforos en rojo o un esfuerzo visible al conducir. Si los pasajeros se sienten inseguros, ya es una señal que conviene tomarse en serio.

  • Pregunta 3: ¿Cómo puedo iniciar la conversación sobre dejar las llaves del coche?
    Elige un momento tranquilo, no justo después de un susto. Habla de situaciones concretas, no de la edad en general. Ofrece alternativas: viajes compartidos, taxis, servicios de entrega a domicilio. Enfatiza la seguridad para esa persona y para los demás, y propone límites graduales en lugar de una retirada inmediata y total.

  • Pregunta 4: ¿Hay herramientas legales para restringir la conducción sin cancelar el permiso?
    En algunos lugares, sí: médicos o autoridades pueden recomendar condiciones como llevar gafas, conducir solo de día o no usar autopistas. Consulta la normativa local y habla con un profesional sanitario si te preocupa, pero no quieres una prohibición completa.

  • Pregunta 5: ¿Qué pueden hacer los responsables políticos más allá de endurecer o aflojar las normas del permiso?
    Pueden invertir en mejor transporte público, un diseño viario más seguro, lanzaderas comunitarias asequibles y opciones de reparto a domicilio. También pueden financiar cribados de salud periódicos y directrices claras para familias y médicos, para que la carga no recaiga únicamente en la culpa privada y las conjeturas.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Dejar un comentario