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La flota naval estadounidense ha hecho historia al ser la primera en desplegar barcos autónomos dentro de un grupo de acción de portaaviones.

Hombre usa tablet en barco pequeño frente a un portaaviones en el mar.

La noche sobre el océano parecía casi aburrida. Marejada baja, viento suave, un cielo lleno de estrellas indiferentes. Entonces, en el horizonte frente a California, una silueta extraña se deslizó en las pantallas de radar del portaaviones: un buque de guerra de 132 pies (unos 40 metros) sin tripulación en cubierta, sin luces en las ventanas, sin humo saliendo de una cocina. Desde la cubierta de vuelo del USS Carl Vinson, los marineros se apoyaron en la barandilla y lo vieron pasar como un fantasma, navegando a oscuras, con una estela perfectamente recta.

Algunos bromearon diciendo que era como ver llegar el futuro en piloto automático.

La Marina de Estados Unidos ha empezado a hacer algo que nunca había hecho antes: integrar buques de superficie totalmente autónomos en un grupo de ataque de portaaviones real, en alta mar.

Un Rubicón tecnológico, cruzado en silencio y en la oscuridad.

El día en que los “barcos fantasma” se unieron al portaaviones

La escena se desarrolló durante el ejercicio Rim of the Pacific - RIMPAC 2024 - el mayor juego de guerra naval del mundo. Allí fuera, entre destructores y fragatas, un cuarteto inusual se deslizó hasta formar con un grupo de ataque estadounidense: cuatro buques de superficie no tripulados conocidos como Sea Hunter, Sea Hawk, Mariner y Ranger.

Desde el puente de un destructor lanzamisiles guiados, los oficiales observaron cómo estas embarcaciones mantenían su puesto igual que cualquier otro barco, salvo que no había siluetas humanas en las aletas del puente, ni señalistas, ni tripulación fumando en la cubierta de popa.

Eran buques de guerra que navegan solos.

Cada uno de estos barcos no tripulados lleva un “cerebro” de IA que digiere trazas de radar, datos AIS, retornos de sonar y fuentes satelitales, y luego traza rumbos y evita colisiones en tiempo real. En RIMPAC no se limitaron a dar vueltas como una demostración tecnológica.

Ayudaron al grupo del portaaviones a cazar submarinos, retransmitir datos de puntería y simular lanzamientos de misiles de largo alcance. Uno de ellos, el USV Ranger, ya había disparado en vivo un misil SM-6 en una prueba anterior, convirtiendo lo que parece un barco utilitario y esbelto en un lanzador flotante controlado por robots.

Esta vez, se les trató menos como prototipos y más como miembros júnior de la flota.

Para los planificadores navales, esto no va de juguetes llamativos. Va de matemáticas, distancia y sangre. Un grupo de ataque de portaaviones moderno es un objetivo exquisito y carísimo. Los misiles antibuque chinos y rusos pueden alcanzar cientos, incluso miles de kilómetros. Cada milla que una tripulación humana pueda mantenerse alejada del combate es una milla en la que el hijo o la hija de alguien no tiene que estar al alcance de una ojiva hipersónica.

Los buques autónomos de superficie amplían hacia afuera los ojos y los puños de la flota sin ampliar su plantilla.

Ese cambio silencioso - de “juguetes experimentales” a “activos de combate integrados” - es la verdadera línea que acaba de cruzarse.

Cómo aprende un grupo de portaaviones a confiar en una máquina en el mar

Sobre el papel, el método suena simple: conectar los robots a la arquitectura existente del grupo de ataque. En la práctica, es como enseñar a una compañía de ballet a bailar con cuatro parejas nuevas e impredecibles. Cada buque no tripulado se integra en las mismas redes seguras que los destructores y cruceros, alimentando de datos de sensores el centro de información de combate del portaaviones.

En las pantallas grandes, los operadores ven ahora trazas etiquetadas no solo como “DDG-###” para destructores, sino “USV Ranger” y “USV Mariner”, contribuyendo al panorama táctico compartido.

Entre bambalinas, los vigilantes supervisan el software de autonomía como halcones, listos para intervenir si algo parece fuera de lugar.

La curva de aprendizaje es brutal y, de forma extraña, muy humana. Un marinero describió los primeros días navegando en formación cerrada con un buque no tripulado como “conducir junto a un Tesla sin nadie en el asiento del conductor: sabes que funciona, pero aun así se te agarrotan las manos”. En RIMPAC, la Marina encadenó escenario tras escenario: meteorología sorpresa, tráfico denso, interferencias electrónicas, amenazas emergentes.

La pregunta no era solo: “¿Puede la IA elegir una ruta segura?”.

Era: “¿Confiará de verdad el capitán del destructor del puente de al lado lo suficiente como para no inmutarse cuando el barco robot se acerque en la maniobra?”.

Aquí es donde el “Rubicón tecnológico” enseña los dientes. Un prototipo puede fallar y nadie se inmuta. Un barco dentro de un grupo de ataque de portaaviones no puede. La Marina ha empezado a escribir nuevos manuales: a qué distancia puede acercarse un buque no tripulado a otros barcos, quién tiene autoridad de anulación, qué reglas de enfrentamiento puede seguir de forma autónoma y cuáles siguen exigiendo un sí o no humano.

Seamos sinceros: nadie lee cada línea de estas actualizaciones doctrinales el primer día.

Pero en el momento en que un barco robot toma estación a 2.000 yardas (unos 1.830 metros) de un portaaviones de 13.000 millones de dólares, de pronto a todo el mundo le importa lo que diga el reglamento.

Ética, errores y el miedo silencioso detrás de la tecnología

Para los oficiales que dirigen de verdad estos grupos, la táctica más práctica es casi aburrida: empezar poco a poco y cuantificarlo todo. Hacen operar primero los buques no tripulados a mayores distancias y luego más cerca. Registran cada corrección de rumbo, cada encuentro con tráfico mercante, cada falso contacto en el radar. El código de autonomía se trata casi como a un nuevo oficial júnior: se evalúa, se califica, se critica.

Un hábito sencillo se está extendiendo: emparejar cada buque no tripulado con un “campeón humano” designado a bordo de un barco tripulado, que aprende sus peculiaridades y modos de fallo y alza la voz durante la planificación.

Todos hemos vivido ese momento en el que llega un sistema digital nuevo al trabajo y todo el mundo finge que está perfectamente cómodo mientras, en secreto, reza para que no se cuelgue en el peor instante posible. Los buques de guerra no son diferentes. El error común, admiten en voz baja los oficiales, es confiar demasiado en las presentaciones pulidas y confiar demasiado poco en el instinto.

Cuando una máquina toma una decisión que no entiendes, la tensión sube rápido.

Por eso está creciendo una cultura que permite la duda: a los marineros jóvenes se les dice que está bien cuestionar la traza de la IA, señalar comportamientos extraños, frenar antes que “dejar que el algoritmo siga”.

“Autonomía no significa ausencia de humanos”, me dijo un oficial de la Flota del Pacífico. “Significa que los humanos subimos una capa. Dejamos de gobernar el barco y empezamos a gobernar el sistema que gobierna el barco”.

Para mantener los pies en el suelo, los planificadores tienen delante una lista de comprobación tajante:

  • ¿Quién es legalmente responsable si un buque no tripulado colisiona?
  • ¿Quién puede vetar la maniobra de la IA, y con qué rapidez?
  • ¿Qué pasa si las comunicaciones quedan interferidas durante horas, no minutos?
  • ¿Dónde está el límite duro para permitir que una máquina inicie fuerza letal?
  • ¿Cómo se ensaya el fallo en el peor caso, y no solo el éxito “de brochure”?

Estas no son preguntas abstractas de seminario.

Son la diferencia entre “capacidad revolucionaria” y el desastre de mañana en primera plana.

Lo que de verdad significa para el resto de nosotros cruzar este Rubicón

Desde la playa, todo esto parece lejano: unas cuantas siluetas nuevas en un horizonte distante, palabras de moda del Pentágono, otra sopa de siglas deslizándose por el ciclo de noticias. Y, sin embargo, hay un eco civil discreto en esta historia. La misma autonomía conectada en red que permite que un barco robot explore por delante de un portaaviones es prima hermana de los sistemas que algún día guiarán portacontenedores con tripulaciones de cinco personas, o llevarán barcos de suministro de emergencia a zonas de tormenta en las que ningún patrón humano quiera entrar.

Cuando la Marina de Estados Unidos normaliza una autonomía fiable en el mar, aseguradoras, autoridades portuarias y flotas comerciales toman notas en los márgenes.

Hay una pregunta cultural escondida en la estela de esos barcos fantasma: ¿cuánto riesgo estamos dispuestos a delegar en código que no escribimos y apenas entendemos? Ya hemos cedido pequeñas parcelas - mantenimiento de carril en coches, aterrizaje automático en aviones comerciales, logística con IA en almacenes. Un grupo de ataque de portaaviones añade en silencio otro ladrillo: buques de guerra que combaten o, al menos, exploran y designan blancos sin un alma a bordo.

Algunos verán en ello eficiencia fría. Otros lo verán como un paso más hacia un mundo en el que nadie sea directamente responsable cuando algo salga mal.

Ambos impulsos son comprensibles, y ambos darán forma a lo que venga después.

La flota de guerra estadounidense ha colado unos cuantos cascos robot dentro de su formación más cerrada y orgullosa, y el océano no explotó. No hubo motín de ciencia ficción, ni vídeo viral de desastre. Solo un pequeño cambio incremental que, con el tiempo, altera el carácter del poder naval.

El primer grupo de portaaviones con buques de superficie autónomos sigue siendo mayoritariamente humano: pilotos humanos en las catapultas, suboficiales humanos sobre la cubierta, cocineros humanos en el turno de noche. Pero la geometría del riesgo y del alcance ya es distinta.

La historia rara vez anuncia sus puntos de inflexión con redoble de tambores. A veces es solo un barco oscuro y sin tripulación manteniendo su estación en silencio junto a un portaaviones, mientras todos fingen que esto es normal… y entienden en voz baja que no lo es.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Los buques autónomos ya están en grupos reales de portaaviones Buques de superficie no tripulados navegaron y operaron junto a buques de guerra tripulados en RIMPAC Señala un cambio operativo real, no solo un experimento de laboratorio
Los humanos siguen enmarcando y controlando la autonomía Nuevas normas, cadenas de anulación y “campeones humanos” guían y supervisan la IA Muestra dónde se sitúan de verdad la responsabilidad y la confianza en esta tecnología
Esta tecnología militar se filtrará a los mares civiles Tecnología para exploración, evitación de colisiones y control de largo alcance tiene usos comerciales directos Apunta a cómo el transporte marítimo, la logística y la seguridad en el mar pueden cambiar para todos

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Son estos barcos autónomos totalmente independientes en combate? Aún no. Pueden navegar, patrullar y compartir datos de sensores por sí solos, pero las decisiones letales y las tácticas complejas siguen requiriendo aprobación y supervisión humanas.
  • ¿Podría un buque de guerra no tripulado iniciar accidentalmente un conflicto? Las reglas de enfrentamiento están redactadas para evitar ese escenario: los humanos conservan la última palabra sobre cualquier acción que pueda escalar una crisis, especialmente el uso de armas.
  • ¿Sustituyen estos barcos a marineros y oficiales? En su mayoría desplazan funciones en lugar de eliminarlas, moviendo a las personas de posiciones físicamente peligrosas en el casco a trabajos de planificación, supervisión y gestión de sistemas.
  • ¿Se puede piratear o engañar la autonomía? Ese riesgo se toma en serio; la Marina añade capas de cifrado, aislamiento y anulaciones manuales, pero nadie con uniforme finge que la amenaza sea cero.
  • ¿Adoptará el transporte marítimo comercial buques no tripulados similares? Sí, poco a poco: desde remolcadores teledirigidos hasta cargueros parcialmente tripulados que utilicen sistemas avanzados de evitación de colisiones y rutas inspirados en estas pruebas militares.

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