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6 hábitos clásicos que las personas de 60 y 70 años mantienen y que les hacen más felices que a los jóvenes obsesionados con la tecnología.

Pareja de ancianos en la cocina, él escribe y ella sirve una olla humeante en la mesa con pan y frutas.

En el café de la esquina, el Wi‑Fi se cae cada diez minutos. Los adolescentes del fondo se quejan y empiezan a agitar los móviles, como si la señal fuese a caerse de algún sitio. Delante, una mujer de pelo plateado con un cárdigan azul marino apenas se inmuta. Dobla el periódico, mete un marcapáginas entre las páginas de un libro de verdad y se inclina para escuchar a su amiga. Su conversación es lenta, llena de pausas y pequeñas explosiones de risa. Nadie la está grabando. Nadie la está revisando después, haciendo scroll.

Al salir, no puedes evitar pensarlo: esta gente está haciendo algo bien.

Algo testarudamente a la antigua.

1. La llamada para “hablar de verdad” en lugar de mensajear sin fin

Pregunta a cualquiera de más de 65 años cómo se mantiene en contacto y oirás la misma respuesta: «Llamo».
Ni una nota de voz, ni un vídeo de 3 segundos: una llamada de toda la vida en la que te sientas y hablas de verdad. Sacan una libreta de direcciones ajada, pasan páginas con números escritos a mano y marcan, a veces en un fijo que todavía suena en el pasillo como si estuviéramos en 1987. Tiene algo de ritual. Reservas un rato. Pones la tetera. No vas haciendo mil cosas a la vez mientras conversas y medio miras un reel.

Una enfermera jubilada que conocí en Lyon llama a su hermana cada domingo a las seis de la tarde, «como hacía nuestra madre». La regla es simple: sin prisas, sin segunda pantalla, sin «perdona, me tengo que ir, se me está acabando la batería». A veces charlan diez minutos, a veces una hora; a veces se quedan en silencio juntas, escuchándose respirar al otro lado de la línea, hasta que una encuentra algo nuevo que decir.

Jura que esas llamadas semanales la ayudaron más que cualquier app de mindfulness cuando su marido enfermó. Sus nietos le mandan un borrón de emojis; su hermana oye el temblor en su voz.

Los psicólogos que estudian la soledad repiten lo mismo: los seres humanos regulamos mejor las emociones a través de la voz que del texto. Oyes el tono, captas esa mínima vacilación, notas cuando alguien suena apagado aunque escriba «estoy bien». Eso es lo que las generaciones mayores protegen cuando se niegan a sustituir las llamadas por chats. El texto es eficiente, sí. La voz es relacional.

Seamos sinceros: nadie se siente profundamente comprendido después de soltar un montón de «jajaja» y «madre mía, yo también» en un grupo.

2. Listas escritas a mano en lugar de hacer malabares con 12 apps de productividad

Mira cómo planifica su día una persona de 70 años y, a menudo, todo empieza con el mismo sonido: el rascar del bolígrafo. Se sienta a la mesa -quizá con un cerco de café ya estampado en el papel- y apunta la compra, los recados, a quién tiene que llamar. Sin sincronizar dispositivos. Sin etiquetas de colores que requieren tutorial. Solo un papel que puedes doblar, meter en un bolsillo, perder y volver a encontrar semanas después con una media sonrisa.

Hay una calma extraña en ver el día con tu propia letra.

Pensemos en Jean, 74 años, conductor de autobús jubilado que ahora ayuda en un huerto comunitario. Cada mañana coge una libretita de espiral del cajón de la cocina. En la primera página del día escribe tres líneas: «Huerto 10 h. Llamar a Luc. Comprar tomates, acuérdate de los buenos». Se ríe con lo último, pero dice que le evita coger sin más el primer paquete de plástico del supermercado.

No “optimiza” nada. Y aun así, rara vez olvida lo importante. Su cuaderno está lleno también de pequeñas notas al margen: «Buena charla con el vecino», «Hoy vi un petirrojo». Es mitad lista de tareas, mitad miniarchivo de memoria.

Los investigadores han observado que escribir a mano activa más zonas del cerebro que teclear en una pantalla. La memoria se fija mejor. Las prioridades se sienten más claras. Hay menos de ese parpadeo constante entre pestañas que te deja, curiosamente, agotado antes del mediodía. La gente de 60 y 70 años lo sabe de forma instintiva. Su lista está ahí, en la encimera, paciente y silenciosa, sin zumbar cada diez minutos con «recordatorios útiles» que al final ignoran.

El papel de toda la vida no te da la lata. Simplemente espera y ancla el día con suavidad.

3. El paseo lento sin auriculares: solo el mundo

Observa un parque una mañana entre semana. Los jóvenes pasan a toda prisa con ropa deportiva, metidos en sus listas de reproducción, registrando cada paso en el reloj. Y luego está la pareja mayor que avanza con bastones, o el hombre con gorra que pasea al perro con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Sin cascos. Sin prisas. Se detienen a mirar un árbol, un pájaro, un perro haciendo alguna tontería. Su paseo no es una performance. Es una conversación con la calle.

No cuentan pasos. Cuentan pequeños momentos.

Una vez seguí, a cierta distancia, a un vecino de 69 años en su “vuelta de la tarde”. Caminaba cada día el mismo recorrido: pasaba por la panadería, rodeaba la placita, seguía el río. Saludaba con la cabeza a la florista, acariciaba a un perro conocido, comentaba el tiempo con el hombre del quiosco. Tardaba casi 40 minutos en completar lo que a un veinteañero con prisa quizá le llevaría 12.

Volvía más ligero, no por las calorías quemadas, sino porque había estado fuera, en el mundo, no solo moviéndose dentro de su cabeza bajo unos auriculares.

Moverse sin entrada digital constante da al sistema nervioso una oportunidad de respirar. Los sentidos se reajustan un poco cuando escuchamos el viento en lugar de otro podcast, cuando notamos cómo cambia la luz en vez de mirar fijamente un rectángulo brillante. Esa atención silenciosa y poco espectacular es justo lo que muchas personas de 60 y 70 años protegen como si fuese un jardín secreto. Han vivido lo suficiente para entender que mil entrenamientos perfectamente medidos no arreglan una vida que nunca levanta la vista.

A veces, el truco de bienestar más avanzado es simplemente dar una vuelta a la manzana con las manos vacías.

4. Cocinar desde cero y comer en una mesa de verdad

Un hábito que ves una y otra vez en gente de 60 y 70 años: todavía cocinan. No todas las comidas, no todos los días, pero con la suficiente regularidad como para que la cocina huela a algo real. Una olla de sopa a fuego lento, cebolla pochándose en una sartén, pan en la tabla esperando a ser cortado. Aprendieron en una época en la que la cena no era una oportunidad de contenido, sino un momento del día en el que todo el mundo paraba y se sentaba.

A menudo la pantalla está en otra habitación. Los platos están en la mesa, no sobre las piernas.

Pregúntales qué comían de pequeños y se les iluminan los ojos. «El guiso de mi madre», «el arroz con leche de mi abuela», «el asado del domingo que hacía que toda la calle oliera a hogar». Muchos intentan recrear esos platos ahora: a veces con cierta torpeza, a veces con una precisión sorprendente. Un hombre de 72 años con el que hablé en Londres me dijo que empezó a hacer pan en el confinamiento «porque mi móvil no podía darme ese olor».

Falló tres veces. En la cuarta, el pan por fin subió. Le mandó una foto a su nieta. Ella respondió con 30 emojis de corazón y luego le pidió la receta para intentarlo también.

Cocinar no es solo cuestión de salud o de ahorrar dinero, aunque ambas cosas importan. Es tocar ingredientes, elegirlos, prestar atención el tiempo suficiente para transformarlos en algo que se pueda compartir. La gente de 60 y 70 años se sabe recetas de memoria, no solo guardadas en una app. Prueban y ajustan. Enseñan con las manos.

Hay una alegría con los pies en la tierra en comer algo que has cortado, removido y visto cambiar despacio en la sartén, en lugar de contar calorías en otra pantalla parpadeante.

5. Imprenta, papel y el poder suave del tiempo “apagado”

Lo ves en salas de espera y en trenes. Los jóvenes van encorvados sobre el móvil, haciendo scroll por cronologías interminables. Alguien de 70 años mete la mano en el bolso y saca un periódico doblado, un crucigrama, una novela con las esquinas gastadas. No necesita el rincón de lectura perfecto. Puede desaparecer en una historia o en un artículo mientras el mundo zumba a su alrededor.

Hay un lujo pequeño, casi desafiante, en consumir algo que no se actualiza solo.

La verdad es que una página impresa tiene bordes. Empiezas en un sitio y, al final, terminas. No hay un algoritmo empujándote a seguir. Una mujer de 68 años con la que hablé tiene una pila de revistas junto a la cama. «Me gusta saber que no se mueven sin mí», dijo, riéndose. Lee dos o tres artículos por la noche, cierra la revista y ya está. Sin comentarios, sin enlaces patrocinados, sin la tentación de mirar «una cosa más».

Dice que su sueño mejoró el mismo mes en que desterró la tableta del dormitorio.

Las generaciones mayores crecieron con el aburrimiento y con minutos sin rellenar. Todavía protegen ese espacio. Dejan que la mente divague en lugar de tapar cada hueco con contenido.

«La gente cree que soy anticuada porque todavía leo el periódico», me dijo una profesora jubilada de 71 años. «Pero cuando lo dejo, la cabeza se me queda llena de una forma buena, no zumbando».

  • Los periódicos y los libros crean puntos de parada naturales.
  • Los crucigramas y los pasatiempos estimulan el cerebro sin luz azul.
  • Los diarios y los cuadernos dan a los pensamientos un lugar físico donde posarse.

6. Pequeños rituales: visitar, hacer voluntariado y ser “la persona fiable”

Hay otro hábito que distingue a muchas personas de 60 y 70 años: siguen presentándose, físicamente, por los demás. Se pasan por casa de un vecino «solo para ver qué tal estás». Dedican las tardes de los martes a la biblioteca del barrio, ayudando a los niños con los deberes. Son quienes recuerdan cumpleaños sin que lo diga una red social y quienes siguen enviando tarjetas, a menudo con letra temblorosa y una frase breve y sincera.

No es glamuroso. No se hace viral. Sostiene a las comunidades en silencio.

Todos hemos vivido ese momento en que llega un mensaje que dice «me acuerdo de ti» y lo agradeces, pero aun así te sientes un poco solo frente a la pantalla. Compáralo con alguien llamando a tu puerta con un bizcocho o una bolsa de la compra. Un hombre de 66 años que conocí en un pueblo a las afueras de Madrid tiene una regla sencilla: tres visitas a la semana.

Una a su hermana, una a un amigo que perdió a su mujer, una a una vecina mayor que no puede caminar mucho. «Esa es mi red social», dijo encogiéndose de hombros. «Funciona».

Estos hábitos de baja tecnología crean una sensación de ser necesario y de formar parte de algo, uno de los predictores más fuertes de la felicidad a largo plazo. Puedes tener 800 seguidores y aun así no tener a nadie que te lleve al médico o se siente contigo cuando tu mundo se desmorona. Las generaciones mayores suelen aceptar la tecnología cuando ayuda, pero son tercas a la hora de no dejar que sustituya la presencia.

Algunas tendencias son realmente nuevas. Otras son solo versiones brillantes de necesidades antiguas que ya sabemos cubrir.

Lo que sus “viejos hábitos” nos piden en voz baja

Cuando ves a personas de 60 y 70 años aferrarse al teléfono fijo, a sus cuadernos, a sus libros de papel, puede ser tentador sonreír y llamarlo nostalgia. Pero si miras un poco más de cerca, ves otra cosa: una lealtad feroz a tipos de conexión que no se apagan cuando la batería baja al 3%. No son anti‑tecnología; muchos usan smartphones, videollamadas y banca online.

Simplemente se niegan a que la tecnología dicte el ritmo o la profundidad de sus días.

Sus hábitos plantean preguntas incómodas. Si una lista escrita a mano les calma más que la app más inteligente, ¿qué dice eso de cómo nos sobrecargamos? Si un paseo lento sin banda sonora les hace sentirse centrados, ¿por qué nos da tanto miedo nuestros propios pensamientos como para necesitar ruido desde el desayuno hasta la hora de dormir?

Si cocinar una comida sencilla desde cero una vez por semana da más satisfacción que pedir a domicilio tres veces desde apps distintas, ¿qué estamos persiguiendo exactamente?

Ninguno de estos hábitos es caro. Ninguno exige lo último de lo último. Piden algo que decimos no tener: tiempo, atención, voluntad de estar un poco aburridos, un poco en silencio, un poco más presentes.

Quizá la verdadera pregunta no sea por qué ellos siguen haciendo estas cosas. Es qué podría pasar si nosotros, con cuidado y de forma experimental, empezáramos a tomar prestadas unas cuantas.

Punto clave Detalle Valor para el lector
La voz por encima del texto Priorizar conversaciones reales por teléfono o en persona Conexión emocional más profunda y menos soledad
Planificación analógica Usar listas y cuadernos escritos a mano Prioridades más claras, mente más tranquila, mejor memoria
Rutinas con menos pantalla Pasear, leer y cocinar sin entrada digital constante Más presencia, mejor sueño y alegría cotidiana

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Cómo puedo empezar a adoptar estos hábitos “a la antigua” sin renunciar al móvil? Empieza creando pequeñas “islas offline” en tu día: una llamada en lugar de diez mensajes, una lista escrita a mano por la mañana, un paseo corto sin auriculares. No hace falta dejar la tecnología, solo dejar de permitir que ocupe cada hueco vacío.
  • ¿Y si mis amigos y mi familia solo quieren mensajear? Propón pequeños experimentos: una llamada semanal, una comida mensual en la que los teléfonos se queden en otra habitación. Algunos se resistirán; otros se sentirán, en secreto, aliviados. También puedes seguir mensajando, pero profundizar con notas de voz regulares o conversaciones reales de vez en cuando.
  • ¿Esto no es idealizar la vida de la gente mayor? Sus vidas no son perfectas y afrontan desafíos reales. Lo que destaca es que muchos de sus “viejos hábitos” encajan con lo que la investigación dice sobre el bienestar: contacto significativo, rutina, movimiento y tiempo lejos de las pantallas.
  • Me pongo ansioso cuando no estoy conectado. ¿Es normal? Sí. Nuestro cerebro ha sido entrenado para esperar actualizaciones constantes. Empieza con periodos de desconexión muy cortos, como diez minutos leyendo un libro físico, y ve ampliando. La incomodidad suele disminuir a medida que tu sistema nervioso se adapta.
  • ¿Qué hábito da el mayor impulso de felicidad? Para la mayoría, programar una conversación regular por voz o en persona con alguien a quien quiere es lo que más impacto tiene. La calidez humana viaja mejor a través del tono, la presencia y el tiempo compartido que a través de cualquier cantidad de notificaciones perfectamente cronometradas.

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